Por: Liennis Alcolea Romero
Fotografía: Alain Josué Jones Nápoles
El preuniversitario solo confirmaba el camino de estudiar para pasar el examen, elegir una carrera y seguir avanzando. Tenía la certeza absoluta de querer un futuro interesante, de oficina, con títulos, con mi imagen reconocida en los medios – o quizás estos eran simples conceptos abstractos tomados por una niña mientras veía películas de jóvenes -. Nadie me dijo en aquel entonces que, en aquella boleta en doce grados, mi mente descartaría con más claridad lo que no quería, que afirmar lo que sí. Estudiar en la universidad era un hecho, pero ¿el qué? ¿Medicina? ¿Leyes? ¿Ingeniería? ¿Administración? ¿Comunicación? ¿Pasaré toda mi vida haciendo esto? ¿Me definirán estas palabras en un diploma?

Elegir diez profesiones como quien elige un disfraz en carnaval. Elegir basándonos en un episodio televisivo observado la semana anterior. Elegir en lo que sonaba más exitoso y serio sin tener la más remota idea de lo que implicaba, era una decisión – casi al azar, por una corazonada o por la habilidad en algo en particular – que no fue un destino final, sino el primer lenguaje que aprendí para entender el mundo, tener responsabilidad propia.

La cinematografía ha construido – desde comedias llenas de fiestas desenfrenadas hasta los dramas de superación con finales gloriosos – interpretaciones de la vida universitaria, que a menudo se convierte en nuestra primera expectativa. Los medios muestran versiones editadas y simplificadas, mientras olvidan – o eligen omitir – que la experiencia real es más compleja, desafiante y, ante todo, individual. Y no, no hay banda sonora que acompañe tus noches de estudio ni montaje que comprima meses de duda existencial en treinta segundos.

La vida universitaria no solo gira en torno a fiestas constantes, sino en las “medias” profundas en los quioscos, el pasillo central, o simplemente en la parada esperando un milagro. La vida universitaria es un café a las tres de la mañana con tus compañeros de cuarto en un apoyo silencioso para aprobar el parcial y no ir a mundial. La vida universitaria es un grupo en WhatsApp donde se dan “chuchos” unos a otros por un comentario mal interpretado. La vida universitaria es calcular el 20% de las horas clases en cada asignatura y “barquear” en la que más horas tenga. La vida universitaria es ver cómo aprendo inglés con ese listening tan complejo para poder graduarme.

Ser estudiante universitario – aunque muchos no se den cuenta – es un taller de construcción personal. Por primera vez te enfrentas a ser el actor principal de tu vida. Tener la libertad absoluta de elegir amistades, ideologías, gestionar tu tiempo libre, administrar un presupuesto escaso, negociar con compañeros y profesores difíciles, equilibrar estudio-trabajo-bienestar mental, pero esa libertad, implica aprender a hacerse cargo de las consecuencias de cada elección y, en el proceso, descubrir valores, intereses y límites que te definen. Esa carrera elegida con tantas lagunas existenciales, cargada de ansiedad y rara vez definitiva, solo fue el inicio del camino que me llevaría a vivir con preguntas abiertas. Aquel certificado de acreditación luego de cuatro años, podría guardarse en un cajón, pero lo que la universidad realmente me dio, está impreso en la forma en que gestiono mi propia vida. Al final, la experiencia universitaria no reside en cumplir el mito cinematográfico, sino en superarlo y descubrir que la historia más valiosa no es la que te venden en pantalla sino en el taller de convertirte en quién estas destinado a ser.



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