Por: Kenny Batista Perdomo
Imagen generada por IA
Fuera de las aulas, no sabemos cómo tratar a una persona cuya relación con nosotros está definida por un contexto académico. En el caso de estudiantes y profesores, la interacción fuera del entorno universitario puede provocar cierta incomodidad o desconcierto. La convivencia va más allá de las paredes de un aula. A diferencia de los niveles primarios o secundarios, donde los roles están más delimitados, la universidad impone un grado mayor de madurez. Las coincidencias cotidianas en espacios comunes —como quioscos, colas o el transporte público— exigen comportamientos cívicos que reflejen empatía, comprensión y humanidad.
Uno de los escenarios más ilustrativos es el transporte público. Imaginemos el ómnibus del municipio de Cárdenas llegando repleto a la parada de Brisas del Mar. Sube una persona mayor: resulta ser una profesora. No hay asientos disponibles. Los estudiantes, ya instalados, se miran entre sí, dudando entre levantarse o no. Finalmente, quien cede el asiento no resulta ser estudiante, sino una persona ajena al entorno académico.
Este tipo de situaciones invita a la reflexión. No se trata únicamente de moralidad ni de cumplir con una norma social; se trata de reconocer la dignidad de quien tenemos enfrente. Ceder el asiento no debería ser un gesto condicionado por la profesión o el rango, sino por el reconocimiento humano compartido. En ocasiones, incluso los profesores empatizan con los estudiantes, ayudándoles con sus mochilas o compartiendo su cansancio. Al final, ambos enfrentan las mismas dificultades, aunque desde lugares distintos en el tejido social y emocional.
Los quioscos universitarios son otro escenario que revela el comportamiento cívico fuera del aula. Es habitual ver a profesores y estudiantes coincidir en la fila, esperando una pizza o un café durante el receso. En esos momentos, las jerarquías se difuminan y quedan dos personas con el mismo propósito: saciar el hambre o simplemente hacer una pausa. Mantener el orden y la cortesía en estos breves encuentros contribuye a un ambiente de convivencia más saludable para todos.
Estos espacios informales ofrecen oportunidades para que los profesores descubran en sus alumnos facetas que el entorno académico no muestra. A veces, entre una conversación casual o una anécdota, se forjan vínculos que enriquecen tanto la experiencia educativa como la personal.
En la actualidad, los retrasos en la llegada a clase suelen tener causas legítimas: el transporte público, la distancia o problemas en la residencia estudiantil. Sin embargo, hay ocasiones en las que el cansancio o la presión laboral llevan a algunos profesores a reaccionar con rigidez, olvidando que las mismas dificultades afectan también a ellos.
La empatía y la paciencia se convierten, entonces, en los pilares del respeto mutuo.
En contraposición, muchos docentes optan por la comprensión: permiten que el estudiante se acomode, recupere el hilo de la clase y participe activamente sin reprimendas innecesarias. Estos gestos, aunque pequeños, consolidan un clima de respeto y armonía dentro del aula.
La vida universitaria nos recuerda que, más allá de los títulos, todos compartimos espacios, desafíos y aspiraciones. La convivencia diaria, tanto dentro como fuera del centro, es una oportunidad constante para ejercer el civismo, la empatía y el respeto. El conocimiento solo florece cuando está sostenido por la humanidad de quienes lo comparten.



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